miércoles, 25 de abril de 2012

The Wild Bunch (Grupo salvaje) - (1969) - (Director: Sam Peckinpah)


TÍTULO ORIGINAL: The Wild Bunch.

AÑO: 1969 
DURACIÓN: 145 min. 
PAÍS: EEUU.
DIRECTOR: Sam Peckinpah.
GUIÓN: Walon Green, Sam Peckinpah.
MÚSICA: Jerry Fielding.
FOTOGRAFÍA: Lucien Ballard.
REPARTO: William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan, Edmond O'Brien, Warren Oates, Jaime Sánchez, Ben Johnson, Emilio Fernández, Strother Martin, L.Q. Jones, Bo Hopkins, Alfonso Arau.

SINOPSIS:
1911. La era del lejano Oeste llega a su fin. Pike Bishop atraca un banco con su banda. Pero unos caza-recompensas les han tendido una emboscada. Los hombres de Pike aprovechan un desfile para escudarse tras ciudadanos inocentes. La situación provoca una masacre, pero Pike y otros cuatro forajidos emprenden la huida.
La obra cumbre de Peckinpah, donde muestra su turbia visión de un mundo lleno de auténticos depredadores salvajes, en el que resulta difícil sobrevivir. Sus protagonistas son tipos desagradables, capaces de provocar una matanza de inocentes para abrirse camino. Pero el director es capaz de mostrar su punto de vista, y les otorga rasgos de humanidad y ciertos valores, como la lealtad. Así, el espectador llega a empatizar en mayor o menor medida con ellos, sobre todo en comparación con los siniestros caza-recompensas a las órdenes del ferrocarril, o el despiadado general Mapache, todos ellos inmorales.

COMENTARIOS:

“Mis héroes son perdedores que han sido derrotados antes de vivir su historia, como en las tragedias clásicas”, dijo Peckinpah sobre sus personajes. “Se han acostumbrado desde hace tiempo a la muerte y no les queda nada que perder”, explica. Sus personajes son el reverso tenebroso de los héroes típicos del western: tipos desesperanzados incapaces de luchar por causas justas.
Película de cabecera para cualquier cinéfilo de acción. Como Western, sublime, pero no es sencillamente un Western, y como película de acción, de las mejores, pero tampoco es cine de palomitas. "Grupo Salvaje" es una obra excelente a manos de un genio como Peckinpah.
Tanta calidad de actores tiene que estar bien rodeada y contextualizada y aquí nos encontramos con el segundo gran valor de esta maravilla. Sacúdete las vestiduras porque vas a morder el polvo. El México fronterizo en plena revolución con sus miserables aldeas y sus pobres gentes es un escenario ideal para esta historia de perdedores. La escena inicial donde unos niños juegan observando cómo unas hormigas devoran a dos escorpiones lo dice todo. Peckinpah te muestra lo que vas a ver desde un principio. Sangre y polvo en una tierra donde la vida carece de valor.

Una elipsis que comienza con una masacre y termina con otra. Pero, si es la primera vez que la vemos, percibiremos la primera matanza con repugnancia y la otra con romanticismo. Esto es mérito de los personajes. Porque “Grupo Salvaje” es, ante todo, una película de personajes y, sobre todo, de Pike Bishop. Y antes de centrarme en la película quiero habar de este personaje.
No sé qué  le pasaría a William Holden por aquella época, quizás fuera que tenía una depresión insoportable, quizás las tremendas borracheras que se pegaba con Peckinpah durante el rodaje, pero el caso es que pocas veces he sentido un rostro que se quede tan grabado a fuego en la memoria. El rostro del eterno perdedor pero también del padre comprensivo; rostro del que, presumiendo su trágico final como algo inevitable y sabiendo que no puede proteger a los suyos, dice lleno de ira: “yo estoy jodido pero vosotros os vais a joder también, cueste lo que cueste”. Algo ocurre en los primeros planos a Holden, seguramente siente tanto a su personaje que acaba transformándose en él.
Volviendo a “Grupo Salvaje”, creo que su discurso se centra en la pérdida. Idea esta que se expresa en las palabras de aquel anciano de un pueblo humilde donde los forajidos hacen escala y donde sienten renacer sus mejores días: “todos queremos volver a ser niños, incluso los peores de nosotros; tal vez los peores más que ninguno”. La vida los ha arrastrado a un destino inevitable para ellos, la muerte, y visto su camino probablemente de la peor manera posible, violenta y sin nadie que vele por ellos.

Sólo les quedan sus principios y estos personajes de corazón antiguo harán lo que sea para defenderlos, aunque sea a base de destrozarse, cosa que han hecho toda su vida. Uno de estos principios es, más que la amistad, la pertenencia al grupo: si te has mantenido fiel a los nuestros, terminarás tus días con nosotros, haya que hacer lo que haya que hacer. “Y si no, eres peor que un animal” (P. Bishop).
Imprescindible.


Tráiler:

Calificación: 5 de 6.

martes, 24 de abril de 2012

Paul Newman - Biografía (Paul Newman - Biography)




Nació el 26 de enero de 1925 en Cleveland, Estados Unidos, fue hijo de Terézia Fecková, nacida en Ptičie, Imperio austrohúngaro, hoy en Eslovaquia, y de Arthur Samuel Newman, estadounidense judío, hijo de emigrantes húngaros y polacos. La familia reside en Shaker Heights, un suburbio de Cleveland, donde crecen Paul y su hermano mayor, Arthur. Cursa sus estudios elementales en la "Malvern School" y en la "Shaker Heights High School". En 1942 ingresa en el Kenyon College universitario y al año siguiente se alista en la Armada de los Estados Unidos. Cumplió el servicio militar entre 1943 y 1945, en las bases de Okinawa y Guam. Tras servir en la Armada de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, volvió a Kenyon, donde se graduó en Ciencias Económicas y formó parte del equipo de fútbol americano. Estudió posteriormente artes escénicas en Yale con una beca del ejército y el método Stanislavski en el actor´s studio, como oyente, durante una década.

Tras varios papeles de extra, figurante esporádico y secundario con poco papel en varias series de la televisión norteamericana (Suspense en 1949, The Web en 1952), prueba suerte en el cine. Su primera película fue The Silver Chalice (El cáliz de plata 1954), de Víctor Saville, cinta bíblica de lujosa producción y regulares resultados a nivel de crítica y público en su estreno, donde compartía cartel con Pier Angeli y Virginia Mayo. Fue descrita por el propio Newman como «la peor película de la década».

Su primer éxito le llegó dos años después con un film de enorme repercusión a nivel internacional: Marcado por el odio (1956), de Robert Wise, en el que encarnó al boxeador Rocky Graziano en un papel al que también optaba Steve McQueen, y brillaba con una interpretación bastante notable al lado de dos jovencísimos Pier Angeli y Sal Mineo. Ese mismo año logra destacar en un film de ambiente judicial basado en una obra teatral que se apunta al éxito de Traidor en el infierno, de Billy Wilder: se trata de la notable Traidor a su patria, de Arnold Laven, donde Newman trabaja con Walter Pidgeon y Wendell Corey en una trama de traiciones en el ámbito del espionaje militar. En 1957 repite con el director Robert Wise en un melodrama criminal donde comparte cartel con dos bellísimas Joan Fontaine y Jean Simmons: se trata de Mujeres culpables, en su momento no estrenada en cines en Europa pese a su indudable atractivo. Ese mismo año estrena la biografía musical de la cantante Helen Morgan (quien luchó por salir del alcoholismo estando en la cumbre de su carrera) titulada Para ella un solo hombre, (de Michael Curtiz), al lado de la recordada actriz Ann Blyth.

Tras esta cinta, Newman rueda cuatro films importantes que se estrenan en 1958: La gata sobre el tejado de zinc, de Richard Brooks, adaptación de la espléndida obra teatral de Tennessee Williams que marcó toda una época y que pone al actor en el "mapa" de la industria cinematográfica estadounidense por su impecable encarnación del atormentado hijo de un rico empresario enfermo, por su perfecta química en pantalla con una turbadora Elizabeth Taylor, y por no dejarse robar ningún plano frente a característicos del talento de Burl Ives o Jack Carson; El zurdo, (de Arthur Penn), revisión desmitificadora del legendario Billy the Kid que sólo triunfó en Europa, pero que es considerada película de culto, donde el actor realiza una composición bastante acertada; El largo y cálido verano, drama sureño basado en El Villorrio, de William Faulkner, y de generoso presupuesto, donde Newman trabaja por primera vez con Martin Ritt -uno de sus directores favoritos y cómplice de buena parte de su carrera profesional- y con la bella Joanne Woodward, que acababa de ganar el Óscar a la mejor actriz dramática por una memorable interpretación de mujer con desdoblamiento de personalidad en el clásico Las tres caras de Eva (1957, de Nunnally Johnson), de la que se enamora, además de compartir secuencias con sólidos compañeros como Orson Welles, Tony Franciosa, Angela Lansbury y Lee Remick, y por último Un marido rico, (de Leo McCarey, comedia fresca y agradable pero no muy redonda, no especialmente recordada hoy, a no ser por la presencia de una exuberante Joan Collins).

En 1959 estrena una historia equilibrada aunque poco vista sobre las presiones de la alta sociedad conservadora, en el personaje de un abogado joven y talentoso que lucha por abrirse camino, con el inevitable conflicto de amor, y para los seguidores del cine de tribunales, el desenlace electrizante en un juicio final breve e inesperado (La ciudad frente a mí, de Vincent Sherman, basada en la novela The Philadelphian de Richard P. Powell). Al año siguiente vuelve a trabajar con Joanne Woodward en un melodrama de relieve aunque mediano éxito comercial (Desde la terraza, de Mark Robson, en el que ambos coinciden con Myrna Loy y Peter Lawford). No obstante, vuelve a dar en la diana cuando entra en el reparto de una de las superproducciones más costosas y famosas de la historia: la adaptación del best-seller de Leon Uris Éxodo (1960), que produce y dirige el célebre cineasta Otto Preminger. Aunque tachada de sionista por algunos, la cinta logra recrear en parte la realidad de la creación del Estado de Israel tras la 2ª Guerra Mundial, y cuenta con inolvidable reparto: Eva Marie Saint, Ralph Richardson y Sal Mineo, entre otros



1961 parece dar un revés a la joven estrella, al estrenar dos cintas que pasan sin pena ni gloria: por un lado, la célebre pero en su momento algo incomprendida El buscavidas, de Robert Rossen, una de las mejores muestras del llamado "cine de perdedores" en la que tanto Newman como Piper Laurie, George C. Scott y Jackie Gleason logran magistrales actuaciones; por el otro, su segundo film con Martin Ritt, donde encarna a un joven músico de jazz que viaja a París con un compañero (Sidney Poitier) y ve actuar al mismísimo Louis Armstrong: Un día volveré, film de poca solidez narrativa y dramática pero que conserva cierto encanto. Pero, desde 1962 en adelante, Newman va encadenando un éxito tras otro, en títulos destacados como Dulce pájaro de juventud (nueva adaptación de Tennessee Williams que supone para Newman reencontrarse con el gran director y guionista Richard Brooks y que, pese a las imposiciones de la censura norteamericana para con el texto original, le permite ofrecer una de sus mejores interpretaciones, sin desmerecer a sus compañeros de reparto -entre los que sobresalen Shirley Knight, Geraldine Page y Ed Begley-).

Cuando se tienen veinte años (de nuevo a las órdenes de Ritt, en una de sus colaboraciones más famosas, donde el actor comparte protagonismo con Richard Beymer); Hud (1963, otra vez bajo las órdenes de Martin Ritt y acompañado de los consagrados Patricia Neal y Melvyn Douglas en un drama psicológico enclavado en un ambiente rural y enmarcado en el mundo de los perdedores que tiene alcance); Samantha (comedia ligera dirigida por Melville Shavelson donde vuelve a coincidir con su ya esposa Joanne Woodward, y con una estupenda Thelma Ritter en esta especie de versión del clásico de Vincente Minnelli Mi desconfiada esposa (1958); El premio (cine de intriga claramente influido por el estilo de Alfred Hitchcock y basado a su vez en un best-seller de la época, realizado por Mark Robson y coprotagonizado por una deliciosa Elke Sommer), y Cuatro confesiones (de nuevo con Martin Ritt y con un completo reparto encabezado por Edward G. Robinson, Laurence Harvey y Claire Bloom, versión del clásico de Akira Kurosawa Rashōmon con resultados globales netamente inferiores).

Su consagración definitiva como estrella de Hollywood se da en 1966 con su participación en una superproducción de cine negro que hace historia: Harper, detective privado, de Jack Smight, supone una renovación formal y estilística de un género ya en decadencia pero que este film actualiza y reinventa -e inicia un subgénero que recoge Frank Sinatra en su trilogía sobre el detective Tony Rome en Hampa dorada, El detective y La mujer de cemento-; es uno de los films más taquilleros del año en medio mundo, y la crítica internacional arropa un film brillante que contaba también con Lauren Bacall, Shelley Winters, Janet Leigh, Arthur Hill, Robert Wagner, Julie Harris... Ese mismo año, Newman rueda su único film con Alfred Hitchcock: Cortina rasgada, al lado de Julie Andrews, que supone un fracaso comercial bastante inmerecido y que cuenta una interesante trama al hilo de la Guerra Fría. De aquí en adelante, la carrera del actor se consolida con películas de renombre y otras menos logradas pero de buena acogida: Un hombre de Martin Ritt (western psicológico donde Newman tiene un inolvidable duelo interpretativo con Fredric March y Richard Boone); La leyenda del indomable, de Stuart Rosenberg (primer título del actor con este director, que será uno de sus talismanes en los 70, y todo un clásico del género carcelario de todos los tiempos, donde el actor queda inmortalizado para la historia del cine junto a George Kennedy, Jo Van Fleet o Strother Martin); Rachel, Rachel (que supone su debut en la dirección, y una de las mejores radiografías de la condición femenina en la Norteamérica profunda, y otorga a Joanne Woodward una de sus mejores creaciones); Dos hombres y un destino, de George Roy Hill (primera reunión de Newman con este director y con Robert Redford para uno de los films clave de los 60 que revisitaba e innovaba en el western crepuscular y lograba uno de los mayores taquillazos de la década, suponía el descubrimiento de la malograda Katherine Ross y arrasaba en la entrega de los Óscar); 300 millas, de James Goldstone (reuniéndose de nuevo con su esposa en un film de carreras de coches que se apuntaba a la moda iniciada desde Aquellos chalados en sus locos cacharros en 1963 o La carrera del siglo en 1964); Comando secreto, de Jack Smight (mediocre thriller británico donde Newman sale airoso junto a Andrew Duggan y Sylva Koscina frente a un guion bastante flojo); Un hombre de hoy, de Stuart Rosenberg (su peor película pese a trabajar con su esposa y la inevitable química entre ambos); Casta invencible (su segundo film como realizador, logrado drama familiar con los rostros de Henry Fonda, Lee Remick y el hoy olvidado Michael Sarrazin); El juez de la horca, de John Huston (en su primer encuentro con este enorme director, en un remake de la legendaria y magistral El forastero, de William Wyler, de 1940, en compañía de una madura pero todavía sensual Ava Gardner); Los indeseables, de Stuart Rosenberg (western otoñal infravalorado por la crítica, donde Newman trabajaba con Wayne Robson y Lee Marvin en un film luego imitado hasta la saciedad); El golpe, de George Roy Hill (que supone la segunda película de Newman-Redford y todo un fenómeno social en el momento de su estreno, basado en una obra teatral de prestigio), y El hombre de Mackintosh, de John Huston (thriller casi británico no maravilloso pero redimido por la actuación de Newman, de James Mason y de la fascinante Dominique Sanda). Punto y aparte merece su tercera película detrás de las cámaras: El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, de nuevo con Joanne Woodward como protagonista absoluta, supone el reconocimiento de crítica y público a nivel internacional y su entrada en la historia del séptimo arte en labores de autoría.

La madurez interpretativa del actor llega con su aparición en la superproducción que, junto a la anterior Aeropuerto de 1970, inicia el subgénero de cine catástrofe: El coloso en llamas (1974), de Irwin Allen y John Guillermin, al lado de otras estrellas como Steve McQueen, Faye Dunaway o Richard Chamberlain. Su siguiente proyecto es una secuela de Harper que tiene buen tono narrativo: Con el agua al cuello, de Stuart Rosenberg. Sin embargo, con este film se inicia una especie de declive en la carrera del intérprete, y la calidad de sus films posteriores empieza a ser más irregular: Buffallo Bill y los indios (1976), bajo las órdenes de Robert Altman, divide a crítica y público pese a conseguir el Oso de Oro en el Festival de Berlín y a la innegable calidad de algunas escenas y a su gran reparto (Joel Grey, Geraldine Chaplin, Harvey Keitel...); El castañazo (1977), de George Roy Hill, sólo consigue atrapar al público medio con una historia sobre el hockey donde Newman depura su método interpretativo para los papeles ligeros y brilla al lado de Melinda Dillon y Michael Ontkean; El día del fin del mundo (1980), de James Goldstone, intenta resucitar un cine de drama-catástrofe que, como mayor reclamo, empieza a caer en el olvido, con William Holden, Jacqueline Bisset y Burgess Meredith; Fort Apache, The Bronx, de Daniel Petrie, es un mero vehículo de lucimiento para el actor, de convencional trazado pero con un par de escenas memorables y excelente interpretación de Edward Asner; el telefilm La caja oscura, que continúa su línea de cine comprometido en la dirección, esta vez tratando la historia de las personas que sufren enfermedades mentales, y Ausencia de malicia (1981), de Sydney Pollack, drama político donde Newman borda en un cambio de registro un papel de (presunto) cínico-liberal-corrupto emparejado a la siempre destacada Sally Field.

En 1982 el cotizado actor resurge para ofrecer una de las mejores interpretaciones de toda su carrera, nominación al Óscar incluida, en la fenomenal Veredicto final, de Sidney Lumet. Basada en un guion de David Mamet y con estructura teatral, Lumet construyó una pieza de enorme solidez, contundente y patética que deslumbra por su sencillez narrativa, los grandes trabajos de los inmensos Charlotte Rampling, Jack Warden, James Mason y Milo O´Shea y su confeso coqueteo con el eterno cine de perdedores, tan querido por el cine norteamericano clásico. La historia de un abogado fracasado que se encuentra con un caso fácil en apariencia pero con trasfondo de poder -sin comparar con cómo se hubiese rodado en plan telefilm de sobremesa-, logra conmover de principio a fin. Tras este alabado papel, Newman reactiva su carrera y logra la respetabilidad definitiva con Harry e hijo (parcial autobiografía en sus relaciones con su hijo mayor, con el que salda cuentas a través de la realización del film) y, sobre todo, con el remake de El buscavidas que Martin Scorsese le brinda en 1986: El color del dinero le hace ganar un merecidísimo Óscar al mejor actor, a la par que su último gran trabajo en pantalla. En 1987 rueda su último film hasta la fecha como director: una adaptación de El zoo de cristal de Tennessee Williams que recibió buenas críticas y que, ciertamente, se ve con interés por resultados y reparto (Joanne Woodward, Karen Allen y John Malkovich).

Desde entonces, el actor ha seguido rodando films, la mayoría en colaboraciones de lujo o papeles principales, entre los que destacan títulos como Creadores de sombra, de Roland Joffé, en 1990; la preciosista pero poco valorada Esperando a Mr. Bridge, de James Ivory; la costumbrista Ni un pelo de tonto, de Robert Benton; el excelente thriller con aroma de clásico Al caer el sol, del mismo director (con un magnífico Newman secundado por Susan Sarandon y Gene Hackman), y la magnífica y nada despreciable Camino a la perdición (2002) de Sam Mendes, junto a Tom Hanks y Jude Law.

Por su aspecto bien parecido y sus hermosos ojos azules, Newman pudo haber sido un importante actor de cine romántico, pero buscó algo más que eso. Newman fue uno de los pocos actores que tuvieron una buena transición entre el cine convencional y moralista de los 50, y el cine más libre y comprometido de finales de los 60 y 70.

Una de sus últimas apariciones corresponde al film de animación de la productora Pixar Cars, en la cual aporta voz a Doc Hudson, uno de los personajes. El 25 de mayo de 2007, a sus 82 años, anunció su retirada definitiva del mundo del cine.


Aquejado de un cáncer de pulmón desde principios de 2008, se sometió al tratamiento de quimioterapia, que no fue efectivo. Paul Newman tomó la decisión de pasar sus últimos meses junto a su familia y amigos íntimos, hasta su fallecimiento, ocurrido el 26 de septiembre de 2008 en su granja cerca de Westport (Connecticut).[5] Fue incinerado y sus cenizas entregadas a la familia.

sábado, 21 de abril de 2012

The Loneliness Of The Long Distance Runner (La soledad del corredor de fondo) - (1962) - (Director: Tony Richardson)



Título original: The Loneliness Of The Long Distance Runner

Duración: 104 min.
Año: 1962.
País: Reino Unido.
Director: Tony Richardson.
Guión: Alan Sillitoe.
Música: John Addison.
Fotografía: Walter Lassally.
Intérpretes: Tom Courtenay, Michael Redgrave, Avis Bunnage, Alec McCowen, James Bolam, James Fox

Sinopsis:

Colin Smith, humilde joven de los suburbios de Nottingham, comete un robo en una panadería. Le envían al reformatorio, donde descubre sus cualidades como corredor de fondo. Mientras corre, diversas escenas de su vida pueblan su cabeza.
Uno de los títulos fundamentales de Tony Richardson y del denominado Free Cinema, con guión de Alan Sillitoe, que adapta uno de sus propios relatos, y que describe de forma realista la vida de los desfavorecidos. La cámara se mueve con cierto nerviosismo y la narración resulta muy verosímil. El film reivindica al cien por cien la rebeldía de la juventud, y, más aún, es una toma de partido respecto al desprecio de las normas que imponen los poderosos a los más débiles. La libertad del individuo contra la rigidez del sistema. El trabajo del entonces joven Tom Courtenay es francamente excepcional. Es uno de los films más influyentes del cine británico.


Comentario:

"En nuestra familia siempre hemos corrido. Sobre todo huyendo de la policia. Es difícil de entender. Sólo sé que hay que correr. Sin saber por qué. por el campo y el bosque. Y ser el ganador no es el final. Aun que la gente anime hasta quedarse tonta. Así es la soledad del corredor de fondo."
Con estas palabras comienza su relato Colin Smith, un joven recluido en un centro correccional de menores. A lo que añade: “Es difícil de entender, sólo sé que hay que correr. Sin saber por qué, por el campo y el bosque. Y ser el ganador no es el final, aunque la gente anime hasta quedarse tonta. Así es la soledad del corredor de fondo”. Instantes antes de que en la pantalla se vislumbre un brumoso paraje de la campiña inglesa por el que corre el solitario joven, tan sólo se escucha el esforzado ritmo de sus pasos sobre el vacío de un plano todavía en negro. La visión se precisa y la cámara sigue su decidido avance por un camino desierto, unas imágenes que quedan subrayadas por el desencanto de estas palabras, bajo las que se percibe cierta ironía y el empeño por encontrar respuestas. Tras unos títulos de créditos en los que la música de John Addison parece seguir la estela algo triste que dejan estos primeros momentos, este espléndido arranque se completa con un significativo plano inicial de Colin. La cámara se detiene por vez primera en la mirada del joven, que observa a sus alrededor con concentrada distancia y aire algo taciturno, con el contradictorio aspecto de firme fragilidad que le imprime el actor Tom Courtenay. Un furgón lo conduce junto a otros jóvenes esposados, entre los campos nevados –porque “pronto va a ser Navidad”–, a lo que será su nueva residencia, el correccional Ruxton Towers.


A partir de ese momento Richardson estructura el relato a través de una serie de flash–back que desvelan las circunstancias que han llevado a Colin a ese correccional, fragmentos de las semanas anteriores a su ingreso que el joven recuerda, en su mayor parte, durante sus largas marchas por los alrededores del centro. Este recurso narrativo –similar al utilizado poco más tarde por Anderson en El ingenuo salvaje– señala el esfuerzo del director en la construcción dramática del relato, de forma que le permite el análisis de un entorno social –unos barrios de Nottingham, ciudad industrial del norte de Inglaterra–, al tiempo que indaga el modo en que influye en la compleja personalidad del muchacho. A través de estas rápidas incursiones en el pasado intenta comprender sus desconcertantes reacciones, su evidente ansia de cambios y vías de escape. De forma progresiva logra acercarse a este personaje desorientado, vulnerable y resistente, rebelde y romántico, hasta llegar al palpitante tramo final. El realizador evidencia su compromiso con la realidad –una postura por la que a menudo se relaciona al Free con la tradición documentalista británica de los años treinta y cuarenta–, pero integrada en los resortes dramáticos del relato. Una mirada personal en los planteamientos narrativos y formales del proyecto –que también produce con su compañía Woodfalls, fundada junto a Osborne– que indica su adscripción a la autoría, un concepto que en cierta medida se extiende desde la Nouvelle Vague al resto de los Nuevos Cines.

La narración parece gravitar en torno a las sucesivas secuencias que siguen la soledad de las largas marchas del joven por la campiña. En algunos momentos Richardson refleja los desolados parajes que atraviesa Colin con un aspecto cercano a la superficie lunar. Los autores del Free mantienen cierta distancia poética con los paisajes que sus personajes observan en sus escapadas del medio urbano. En ocasiones imprimen a estas imágenes unos tintes casi fantásticos, los personajes contemplan desde la distancia el horizonte urbano al que pertenecen como si se tratara de otro planeta. Unas secuencias no exentas de una inesperada belleza, que revelan cómo estos cineastas en realidad están filmando un medio social del que son ajenos. La primera salida al campo del muchacho transmite una gozosa sensación de libertad que se acompaña con música de jazz, con una cámara que se mueve con agilidad, y que se repite en las siguientes marchas. Ciertos detalles de repente rompen el tono sobrio del conjunto, como el montaje frenético de algunos tramos, el uso de acelerados, escenas de escapismo como el baile de los jóvenes en el tren o el humor frente al reaccionario discurso en televisión. Estos inesperados destellos parecen anunciar unos tiempos luminosos que se vislumbraban en el horizonte, anticipan la excitación y fantasía del Swinging londinense. Para los personajes del Free Londres permanece en la lejanía como una promesa difícilmente alcanzable, y conforme avanza la década la acción se traslada de los paisajes del norte industrial en blanco y negro al frenético color de la metrópoli. Una ciudad que se convertirá en el emblema de la modernidad de los sesenta, a la que serán convocados cineastas como Antonioni, Polanski o el propio Truffaut.

A través del internamiento de Colin y de sus vivencias en las calles de Nottingham, que Richardson narra con pulso firme y dinamismo, contrapone dos universos distantes que pretenden asimilarlo y en los que no acaba de encajar. Dentro del centro se perfilan las nuevas iniciativas de reeducación defendidas por el psicólogo frente a los métodos del director, que entiende la sumisión al sistema a través de la competición, y que son los que finalmente se imponen. En este sentido, el internado significaría un trasunto de una sociedad fuertemente jerarquizada. Por otro lado, el entorno del que proviene el joven no ofrece muchas más alternativas. Colin ve como su padre muere tras una penosa enfermedad derivada del trabajo y poco después su madre gasta alegremente la indemnización –unas compras que son todo un catálogo del consumo de la clase trabajadora en la nueva sociedad del bienestar: lo primero, por supuesto, un televisor–, y lleva a vivir a su amante a casa. El muchacho se dedica a vagar por las calles de Nottingham y acabará en el centro tras un pequeño robo –“¿Cómo es que estás aquí? Me cogieron, no corrí lo suficiente”–. El director, encarnado por un actor de la escuela interpretativa británica como es Michael Redgrave, plantea la actividad física de los jóvenes de forma similar a una carrera de caballos, frente al que se coloca el espejo roto del padre, el futuro que parece aguardarle, dos modelos opresivos de los que Colin intenta escapar.

Aunque apenas esbozada, la relación que entabla Colin con una joven, Audrey, interrumpida por su ingreso en el centro, parece ser el único remanso donde puede expresar cómo se siente. La escapada de los jóvenes al mar se convierte en una de las secuencias más hermosas del film, y es en esa intimidad donde el muchacho confiesa sus estériles deseos de cambio: “De niño siempre intentaba perderme, pero pronto comprendí que era imposible”. Más adelante, Audrey le pregunta qué querría hacer en realidad, a lo que contesta: “Dejaría este basurero”, y ella le señala: “No es la única forma de irse. Puedes parar para empezar”. Todo ello enlaza con el significativo gesto de Colin en el vibrante tramo final. En el marasmo de pensamientos que se agolpan en su cabeza durante los últimos metros de la carrera aparece un plano no visto con anterioridad, Audrey preguntándole de nuevo: “¿Por qué siempre huyes?”. La decisión de Colin significa un desafío, un acto de rebeldía ante el sistema que pretende someterlo, pero ante todo es una declaración ante sí mismo. Necesita detenerse para romper la inercia en la que está sumido, apartarse del destino al que parece abocado para mirar con claridad a su alrededor y preguntarse hacia dónde quiere encaminarse. 

Richardson construye un personaje que permanece largo tiempo en la retina, en cuya decisión y vulnerabilidad confluyen las inquietudes de una nueva generación. Tom Courtenay se convirtió a través de los rasgos de este solitario corredor y de su siguiente film Billy, el embustero en uno de los rostros emblemáticos del Free Cinema, junto a una galería de intérpretes, representantes de una época, como Alan Bates, Julie Christie, Albert Finney o Rita Tushingham. La soledad del corredor de fondo puede ser considerada una de las obras más depuradas del Free, conjuga los rasgos de identidad de un movimiento que ha extendido su influencia en el tiempo.



Un elocuente detalle, la declaración de Colin de no querer ser explotado como sus padres, tal y como también indica su simbólico gesto de quemar un billete, señala un compromiso cuyas huellas pueden rastrearse incluso en el cine social británico de los años ochenta. Por último, resulta significativo el plano final del film, en el que bajo los acordes del tradicional himno estudiantil “Jerusalem” la cámara se detiene en unas máscaras antigás usadas en la última guerra. Una siniestra imagen que parece querer recordar una amenaza latente, las dificultades que encontrará cada nueva generación en sus rupturas hacia un nuevo impulso.

Tráiler:




Calificación: 6 de 6.

viernes, 20 de abril de 2012

Carnage (Un Dios salvaje) - (2011) - (Director: Roman Polanski)



TÍTULO ORIGINAL: Carnage

AÑO: 2011
DURACIÓN: 79 min. 
PAÍS: Francia.
DIRECTOR: Roman Polanski.
GUIÓN: Roman Polanski, Yasmina Reza (Obra: Yasmina Reza.)
MÚSICA: Alexandre Desplat.
FOTOGRAFÍA: Pawel Edelman.
REPARTO: Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster, John C. Reilly.

PREMIOS:
2011: Globos de Oro: 2 nominaciones, a Mejor actriz comedia/musical (Foster y Winslet)
2011: Premios Goya: Nominada a Mejor película europea.
2011: Premios Cesar: Mejor guión adaptado.
2011: Festival de Venecia: Sección oficial a concurso.

SINOPSIS:
Adaptación de la obra teatral homónima de la autora francesa Yasmina Reza. Ha sido rodada en Europa, pero la historia se desarrolla en Nueva York. En la obra original, los protagonistas son dos matrimonios que se reúnen, en principio de manera civilizada, para hablar de la reciente pelea que han tenido sus hijos en un parque. Pero el encuentro se complicará hasta límites insospechados.


COMENTARIOS:
Esta producción francesa, aunque nada tenga que ver con ese país respecto del idioma en el cual se filma, nacionalidad de los actores o la geografía del rodaje, posee el talento de Roman Polanski (nacionalizado francés luego de abandonar Estados Unidos en 1977, acusado de violación), el cual ha demostrado a lo largo de su filmografía su notable capacidad para combinar lo mejor de los cines europeo y norteamericano. En este caso, “Carnage” (“Un Dios salvaje” o “Masacre”, dependiendo del país de reproducción) se trata de una adaptación de la obra teatral francesa homónima de Yasmina Reza, adaptada en este film por la mismísima autora y Polanski. Lo teatral se imprime en el interior del film con la exquisitez de sus diálogos, pero también en la superficie, ya que se observa prácticamente un solo ambiente y cuatro personajes en escena.

Comedia dramática que expone una visión sincera de la humanidad, enfocándose en las relaciones sociales, matrimoniales y familiares principalmente, aunque va tocando al pasar diferentes temas de los más diversos y variados, desde cualquier punto de vista: desde la correcta utilización de una palabra hasta el machismo, pasando por ocupaciones, apodos, crianza y compromiso de los padres, arte, costumbres sociales, etc. Un abordaje que se da con ironía, sarcasmo y un humor ácido y sofisticado, aunque agresivo y cotidiano a la vez. Es un film que habla de lo políticamente correcto, de una manera políticamente incorrecta. En cuanto al reparto, resulta curioso, porque siempre se ensalza a las dos actrices o a Christoph Waltz cuando a mí, personalmente, el que más me convenció fue John C. Reilly, quien, además, dice la frase clave de la película: "¿Un whisky?".

Hasta el momento en el que Reilly pronuncia esas palabras, la película tenía sus momentos, cierto, pero es a partir de la introducción "mágica" del alcohol cuando realmente se ponen encima del tapete las miserias de los cuatro personajes que retrata la película: los dos maridos -que encima se caen mal entre ellos por cuestiones sociales: uno tiene un trabajo de más prestigio que el otro- se unen entre sí como machos cabríos de la manada para rajar sobre su cansada vida de casados; así que a la hora de la verdad es más lo que les unes que lo que les separada-; por otro lado, el personaje súper ético, súper ecologista y súper intelectual de Jodie Foster, erigido -siempre por sí mismo- hasta ese instante como la gran conciencia cívica y paradigma de lo mejor de occidente, se revela como una persona nerviosa, débil, rozando lo hipocondríaco y la frigidez; finalmente, el personaje de Kate Winslet, hasta entonces prototipo de la esposa que quiere mantener las apariencias en todo momento, saca, bebidos unos cuantos copazos, a la cotilla que lleva dentro, así como sus propias contradicciones psicológicas (por ejemplo, critica el apolillado rol de masculinidad desplegado por su marido, pero poco después exige que éste la defienda y la proteja por una chorrada que le dicen).

En fin, que el tragicómico teatro humano sabe dar mucho de sí -con o sin alcohol-. Y esta película es sólo un pequeño ejemplo de ello.

Tráiler:


Calificación: Excelente.

jueves, 19 de abril de 2012

Trilogia II: I skoni tou hronou (Triología del tiempo II: El polvo del tiempo) - (2008) - (Director: Theodoros Angelopoulos)



TÍTULO ORIGINAL Trilogia II: I skoni tou hronou

AÑO: 2008 
DURACIÓN: 125 min. 
PAÍS: Grecia.
DIRECTOR: Theodoros Angelopoulos.
GUIÓN: Theodoros Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris. 
MÚSICA: Eleni Karaindrou.
FOTOGRAFÍA: Andreas Sinanos 
REPARTO: Willem Dafoe, Bruno Ganz, Michel Piccoli, Irène Jacob, Christiane Paul, Reni Pittaki, Kostas Apostolides, Alexandros Milonas. 

SINOPSIS:
Un cineasta norteamericano de origen griego llamado A está rodando una película sobre sus padres, Eleni y Spiros. Una y otra vez, la historia de amor de estos dos inmigrantes griegos se ve condicionada por los acontecimientos históricos: durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) tienen que separarse porque Spiros debe emigrar a Estados Unidos; al estallar la guerra civil en Grecia, Eleni emigra a la Unión Soviética por motivos políticos; A se ve obligado a huir a Canadá para evitar la guerra de Vietnam. La caída del muro de Berlín (1989) marca el comienzo de una nueva época en su vida.


Comentarios:
El cineasta Theo Angelopoulos famoso por su estilo pausado y etéreo murió atropellado el martes mientras trabajaba en su más reciente película. Tenía 76 años.
Angelopoulos sufrió heridas graves en la cabeza y murió en un hospital cerca de Atenas tras ser impactado por una motocicleta cuando cruzaba una calle no muy lejos de un plató, cerca del puerto ateniense de Piraeus, informaron la policía y representantes del hospital.
“La manera de expresión no la elige uno, sino que es ella la que te elige, y a mí me eligió el “plano-secuencia”, ha dicho Theo Angelopoulos.
Este gran director griego, del vapor de sus nieblas, de sus personajes avanzando sobre las aguas, de la atmósfera fantasmal que sabe recrear en sus películas. Su film “El polvo del tiempo”, con Irene Jacob, es una historia de amor entre dos mujeres y un hombre que se desarrolla en varios países y atraviesa el tiempo. El tiempo. Siempre el tiempo. “El cine, como la música – ha dicho Angelopoulos -, tiene un tempo lento y otro presto, y los músicos utilizan los dos. Eso mismo sucede en el cine y en todas las narraciones. Al igual que hay escritores que escriben frases largas sin puntos, otros prefieren las cortas con muchos puntos. En el cine ocurre con el montaje, en el que yo prefiero el plano-secuencia. Es una forma de expresión que también depende del temperamento de cada director”.

Tanto valora el tiempo este director que ha escogido al fin a Willem Defoe y a Bruno Ganz para esa película y ha desistido de Harvey Keitel. “Yo necesito actores que puedan esperar, que se tomen su tiempo - lo ha justificado así -, y Keitel no podía esperar”.
En ella se ubican algunas de las secuencias más hermosas de la obra total del cineasta: la reconstrucción - sin una sola imagen de archivo - del entierro de Stalin, las escaleras cubiertas de nieve y cadáveres que sube Irene Jacob en el Gulag, el camino entre la niebla de un inconmensurable Bruno Ganz para saludar a la Muerte. Angelopoulos parece no interesar ya a una crítica cinematográfica ha dejado de interesarle, la que a los no alineados en las filas del "cahierismo" nos importa menos que el rábano de marras. La globalizada, la del pensamiento único, la que levita únicamente con el infame cine americano de, por lo menos, hace ya cerca de veinte años. Angelopoulos no era políticamente correcto. No había nacido ni en Oregón ni en Nebraska.

Todos los artesanos del mundo toman tiempo y  paciencia para elaborar cuanto hacen. La arcilla, la tela bajo el pincel, la masa bajo las manos. También la bruma, la niebla, la historia y los personajes tienen su tiempo mientras avanzan sobre el agua.


Calificación: Extraordinaria.


miércoles, 18 de abril de 2012

The Professionals (Los profesionales) - (1966) - (Director: Richard Brooks)


TÍTULO ORIGINAL: The Professionals.
AÑO: 1966 
DURACIÓN: 117 min. 
PAÍS: EEUU.
DIRECTOR: Richard Brooks.
GUIÓN Richard Brooks (Novela: Frank O'Rourke).
MÚSICA: Maurice Jarre.
FOTOGRAFÍA: Conrad Hall.
REPARTO: Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan, Jack Palance, Claudia Cardinale, Ralph Bellamy, Woody Strode, Joe De Santis, Rafael Bertrand, Jorge Martínez de Hoyos, Marie Gómez
PREMIOS:
1966: 3 nominaciones al Oscar: Director, Fotografía, Guión adaptado.
1966: 2 nominaciones al Globo de Oro: Drama, Actriz revelación (Marie Gómez).

SINOPSIS:
Un grupo de mercenarios recibe el encargo de un potentado americano de rescatar a su esposa, secuestrada por Raza, un temible revolucionario mexicano. Pero cuando van a liberarla, se encuentran con una inesperada sorpresa...
Excelente western de memorable reparto y nostálgico mensaje teñido de amargura, "Los profesionales" es una cinta con muchas dosis de acción pero inteligentemente sembrada de unos maravillosos diálogos sobre los ideales, el desencanto, la lucha de clases y las causas perdidas.

COMENTARIOS:

Hoy le toca el turno al director Richard Brooks, autor cuyo nombre no se suele mencionar demasiado hoy en día pero que dejó para la posteridad un puñado de películas muy recordadas. Aunque su carrera había comenzado en los años 40 no fue hasta finales de la década siguiente cuando lograría sus mayores éxitos, como sus dos adaptaciones de obras de Tennessee Williams en "La Gata sobre el Tejado de Zinc" (1958) y "Dulce Pájaro de Juventud" (1962), ambas protagonizadas por Paul Newman. Entre medias también firmó una gran colaboración con Burt Lancaster en "El Fuego y la Palabra" (1960), con la que el actor alcanzaría el Oscar al mejor intérprete con su papel de falso predicador evangélico. En 1966 Brooks decide internarse en los dominios del western para rodar un relato maduro y sin concesiones a la galería, "Los Profesionales", para el que reclutó a dos hombres perfectos para la historia, Lee Marvin y el propio Burt Lancaster. En este caso sería probablemente más acertado hablar de un post-western, ya que la acción se desarrolla a comienzos de los años 20, en los estertores de la Revolución Mejicana. Los caballos están siendo reemplazados por automóviles, los pastos de ganado por campos petrolíferos y el salvaje Oeste poco a poco se pacifica gracias a la llegada de colonos y la civilización. Los territorios sin ley se han ido trasladando a las zonas fronterizas con Méjico, sobre todo a raíz del caos provocado por la guerra civil que libran Zapata, Villa y otros insurgentes contra las tropas federales.

La cinta narra la peligrosa misión encomendada a cuatro profesionales por un poderoso terrateniente de Tejas. El objetivo es internarse en territorio mejicano con el fin de rescatar a su joven esposa, raptada por un antiguo combatiente revolucionario llamado Raza, que ahora se dedica al pillaje y que cuenta con un pequeño ejército particular. Su nombre no les resulta extraño a los líderes del grupo (Marvin y Lancaster), ya que ambos lucharon años atrás junto a él en la guerra mejicana, uno por idealismo y otro por dinero. Una vez crucen de nuevo la frontera a lomos de sus caballos, los recuerdos comenzarán a brotar mientras se dirigen a su destino.
Con Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan y una Claudia Cardinale en todo su esplendor (palabras mayores) llenando la pantalla; con unos diálogos geniales puestos en boca de unos personajes desencantados y cínicos pero que conservan su idealismo, el film guarda una gran influencia del cine de aventuras.

Sin abundar ni necesitar hacerlo en el aroma épico y romántico, en la complejidad extrema de los personajes, en el aire de leyenda o el tono crepuscular de algunas de las mejores aportaciones de Ford, Mann o Peckinpah, Los profesionales consigue ser una obra magna del género que se disfruta tantas veces como se vuelva a ella, lo cual no deja de ser lo más importante.
En 1966 Richard Brooks dirigió este western fronterizo sobre cuatro mercenarios que son contratados por un millonario tejano (Ralph Bellamy) para rescatar a su mujer (la turbadoramente bella Claudia Cardinale) secuestrada por el rebelde mexicano Raza (Jack Palance).
Este es el argumento, con la revolución mexicana como telón de fondo, pero la película es mucho mas que esto: refleja también el desencanto y la amargura de los protagonistas a los que los avatares de la vida les llevaron a luchar a ambos lados de la frontera, la lealtad como un bien necesario cuando te mueves en el filo de la navaja, el placer de la aventura, las cosas que casi nunca son como parecen, el conflicto entre el idealismo de los héroes románticos y el realismo cotidiano, la casi indiferencia ante la muerte porque esta es inevitable.

Porque el punto fuerte de "Los profesionales" es sin duda alguna el desarrollo de los personajes, un puñado de hombres sin escrúpulos que se mueven tras el dinero, pero que mantienen siempre intactos sus códigos éticos y morales.
Un elenco de auténtico escándalo: Lee Marvin, Burt Lancaster, Robert Ryan y Woody Strode como inolvidables mercenarios, Jack Palance majestuoso revolucionario y si, la inmensa Claudia Cardinale, una de las mujeres más hermosa que se haya puesto delante de una cámara. Como sentencia Burt Lancaster en uno de esos diálogos que han hecho inolvidable esta cinta: Es una mujer que bien merece 100.000 dólares.
La película contiene todas las escenas para convertirla en referencia del género. Persecuciones, tiroteos, asalto de trenes y un duelo entre claustrofóbicas montañas que ya forma parte de la historia del western. Un duelo que se desarrolla entre míticos diálogos, riquísimas conversaciones entre disparo y disparo, que sirven para comprender las razones que mueven a cada uno de los contendientes. Pocos westerns tienen diálogos tan impactantes y legendarios.
Dos horas de auténtico deleite cinematográfico. Dirección exquisita, grandísima fotografía e interpretaciones abrumadoras. Acción y tensión en condiciones extremas. Uno de los más grandes westerns de la historia.
Os dejo otra frase para el recuerdo:
Ralph Bellamy a Lee Marvin: -Es usted un bastardo.
Y contesta Lee Marvin: -Sí, señor, pero en mi caso es un accidente de nacimiento, en cambio usted,... usted se ha hecho a sí mismo.


Tráiler:

Calificación: Magnífica.

domingo, 15 de abril de 2012

Et maintenant, on va où? ¿Y ahora adónde vamos? - (2011) - (Director: Nadine Labaki)


TÍTULO ORIGINAL: Et maintenant, on va où?
AÑO: 2011
DURACIÓN: 100 min.
PAÍS: Líbano.
DIRECTOR: Nadine Labaki.
GUIÓN: Nadine Labaki.
MÚSICA: Khaled Mouzannar.
FOTOGRAFÍA: Christophe Offenstein.
REPARTO: Nadine Labaki, Kevin Abboud, Claude Baz Moussawbaa, Julian Farhat, Ali Haidar, Leyla Hakim.
PREMIOS:
2011: Festival de Toronto: Mejor película (Premio del Público).
2011: Festival de Cannes: Sección oficial a concurso.
2011: Critics Choice Awards: Nominada a Mejor película extranjera.

SINOPSIS:
Un cortejo de mujeres vestidas de negro se dirigen al cementerio, bajo un sol abrasador, apretando contra su cuerpo fotos de sus esposos, padres o hijos. Todas comparten el mismo dolor, consecuencia de una guerra funesta e inútil. Al llegar a la entrada del cementerio, el cortejo se divide en dos grupos: uno musulmán y otro cristiano. En un país destrozado por la guerra, estas mujeres muestran la inquebrantable determinación de proteger a sus familias de toda clase de amenaza exterior. Con ingenio, inventando estratagemas esperpénticas, intentarán distraer la atención de los hombres para que olviden el rencor.



COMENTARIOS:
Desde hace bastante tiempo, el mundo del cine está presidido por las superproducciones, los efectos especiales, el 3D y otros muchos subterfugios que enmascaran una alarmante falta de ideas y de capacidad para contar historias. Por eso, cuando uno se encuentra con una película sencilla, rodada con pocos medios, pero que destila sensibilidad por los cuatro costados y que te hace reflexionar, uno olvida decepciones anteriores y se reconcilia con el séptimo arte.
Su arranque me parece excepcional con ese grupo de mujeres cubiertas de un manto de luto y negro, de ojos pulverizados por las cenizas de aquellos que han caído y han dejado el paso del tiempo atrás. Se dirigen hacia el cementerio. El viaje a ese campo santo lo conforma un camino plagado de dolor que las une, pese a ser practicantes de diferentes religiones. La procesión forma un conjunto pictórico brillante, un núcleo de aflicción y pasión, de compartir, pese a esas diferencias, un camino conjunto y común que quieren evitar recorrer de nuevo. Han llorado por padres, hermanos, maridos e hijos... victimas del sin sentido y el odio. Ahora, unidas por ese mismo duelo, deciden luchar juntas por la paz… en ese mundo dominado por los hombres y sus guerras inservibles y condenadas a la tragedia, a la separación y el desgarre de un pueblo y nación que queda metafóricamente plasmado.

La directora ha sacado su película de sus entrañas, como madre que es, y se muestra mucho más madura que en “Caramel”. El mensaje y la metáfora, con un pueblo rodeado de minas y aislado prácticamente del resto del mundo, es también brillante y representa a ese Oriente que ha quedado desconectado y sitiado de occidente desde la lectura radical de sus textos religiosos hasta su incapacidad de evolucionar socialmente de ese nudo anidado peligrosamente en su cuello. No es posible el avance si no se es capaz de pasar página y que el individuo progrese por encima de las creencias de otros.
En un pueblo del Líbano, vecinos cristianos y musulmanes viven alejados de la realidad, únicamente comunicados con ella a través de un tortuoso camino y los medios de comunicación. Desde el exterior llegan noticias de aterradores conflictos entre las dos religiones que desembocan en numerosas muertes. Las mujeres del pueblo, atemorizadas con la posibilidad de que la realidad del enfrentamiento llegue a oídos de sus maridos, padres e hijos y que traiga la desgracia hasta ellos, planean diferentes estrategias para evitar la calamidad.
Nadine Labaki demuestra en el largometraje que el odio racial y religioso siempre es arrastrado y avivado por los hombres. El lenguaje que utiliza para exponer este drama es cómico y hasta surrealista, porque, como dice la directora en una entrevista para Europa Press: “A veces hay que ridiculizar los motivos de la guerra para entender las cosas”.
La fotografía muestra una iluminación muy brillante de las regiones desérticas y calurosas del Líbano, con imágenes de un encuadre más parecido a la estética documental. Los cortes que se producen para el cambio de plano rompen la continuidad de la narración, pero añaden una puesta en escena más dinámica y moderna. Los personajes, aunque tratados de manera superficial, son dramáticamente potentes y se detienen para destacar el papel del hombre, en su inconsciente defensa de lo suyo, y el de la mujer, valiente y entregada. La música, compuesta por el marido de la directora, Khaled Mouzanar, armoniza la cinta con una melodía de carácter universal, voz de cada cultura en convivencia que entremezcla la dinámica de una película musical y entretenida con el lamento y drama de la realidad conflictiva de ambas religiones.
La película obtuvo el premio a mejor película en el Festival de Toronto y mejor película extranjera en Critics Choice Awards. Nadine Labaki ofrece una visión de la situación desde una perspectiva amable, cálida y maternal, como una respuesta y movimiento de todas las madres de ambas religiones al conflicto entre sus hijos. Ellas son las protagonistas de la cinta, que avanzan en procesión arrastrando tras de sí polvo, sufrimiento y lágrimas por las numerosas pérdidas que deja la guerra. Las madres se entregan y hacen lo imposible por lo que más aman, y este mensaje de fortaleza y valor, que anima a una sensata reacción a la guerra, es el que presenta la directora Nadine Labaki, protagonista de su cinta y de la situación conflictiva de su país.

El título, aparte de ser una pregunta lanzada al otro lado de la pantalla muy inteligentemente, me parece muy correcto pero incoherente. “¿Y ahora adónde vamos?” no me dice en ningún momento 'adónde va' y el que acaba en un campo minado, finalmente, soy yo.

Tráiler:




Calificación: Excelente.